La pregunta que flota en el aire es dolorosa pero necesaria: ¿cómo puede ser que tengamos que debatir si un condenado por corrupción puede o no ser candidato? ¿En qué momento se naturalizó que la política sea el refugio de los que deberían estar rindiendo cuentas ante la Justicia?
Lo que pasó en el Senado con la Ley de Ficha Limpia es una muestra clara —y tristemente repetida— de cómo parte de la dirigencia política sigue más preocupada por blindarse que por dar respuestas a una sociedad que está harta. El rechazo a un proyecto que solo pedía algo tan básico como que un condenado por corrupción no pueda postularse a cargos públicos, es escandaloso. Y lo es no solo por el contenido de la ley, sino por lo que revela: que todavía hay quienes entienden la política como un salvoconducto personal.
No se trata de tecnicismos legislativos, ni de matices jurídicos. Se trata de sentido común. De ética. Y, sobre todo, de respeto a una ciudadanía que ya no tolera más privilegios ni impunidad. El kirchnerismo y su red de aliados —incluido el inefable Jorge Capitanich, que en Chaco encarna esa política clientelar, cerrada y autorreferencial— una vez más priorizaron su supervivencia. Lo que debería ser obvio, en Argentina se transforma en batalla. Y lo que debería unirnos —como impedir que un corrupto sea candidato— termina convirtiéndose en otra grieta.
Este domingo no se vota solamente por un nombre o por un cargo. Se vota por un modelo de país. Por eso es clave ir a las urnas, con conciencia y memoria. Porque cada vez que el Congreso le da la espalda a la decencia, el voto se convierte en nuestra única herramienta real para decir basta. Y para dejar claro que no queremos más Capitanich, ni más atajos, ni más excusas.


